Estas cartas las reciben personas que todavía leen despacio.
Hola, soy Patty
Estoy convencida de que con una buena creatividad se vive mejor.
Por eso dedico mi vida a crear espacios, experiencias y productos que la cuiden.
Hace más de treinta años empecé a trabajar en televisión. Desde entonces también he sido diseñadora, fotógrafa y comunicadora. Llevo casi los mismos intentando comprender qué hay detrás de la creatividad:
¿por qué a veces fluye sola y por qué otras se atasca hasta doler?
Cuando fui madre dejé Madrid y me instalé en Villanueva de la Vera, el pueblo de mis padres y de toda mi familia. Tengo ocho apellidos veratos, así que puede decirse que no llegué exactamente como una forastera. La maternidad fue también el empujón definitivo para dejar de trabajar por cuenta ajena y dedicarme de lleno a investigar, diseñar y facilitar procesos creativos.
Después de dar muchas vueltas, he llegado a una conclusión que uso como criterio para todo lo demás: la creatividad es una manera de vivir.
No es una capacidad reservada a artistas, diseñadores o personas que tienen muchas ideas. Es la energía que sostiene la viday que ponemos en todo lo que necesitamos o queremos hacer: formar una familia, crear un negocio, organizar un menú semanal, atravesar un cambio o inventar una manera distinta de vivir.
La creatividad no es buena ni mala. Es una fuerza creadora.
La forma que toma depende, en gran medida, de si está regulada y en equilibrio o desregulada.
Cuando está desregulada pueden aparecer el agotamiento que no mejora simplemente descansando, la dificultad para distinguir qué necesitamos realmente en cada momento, una sensación de vacío que ninguna actividad consigue llenar o una soledad que no desaparece por estar acompañados.
Cuando recupera el equilibrio encontramos más sentido, dirección y propósito. También se afina el instinto: esa parte de nosotros que reconoce cuándo toca avanzar, descansar, insistir, retirarse, soltar o simplemente observar, soñar e imaginar.
No desaparecen las pérdidas, el dolor ni las transformaciones profundas. La diferencia no está tanto en lo que vivimos como en la manera en la que atravesamos cada etapa.
De esta forma de entender la creatividad se nutre todo lo que hago en Creativity Gate.
Me obsesiona crear las condiciones que favorecen una creatividad más regulada: espacios, experiencias y herramientas que ayudan a recuperar el equilibrio creativo.
Cada proyecto abre una puerta distinta hacia ese mismo lugar.
A veces esa puerta es Origen, un retiro individual de tres días que sucede en Atalantar, una casa increíble en La Vera.
A veces es un taller de biocreatividad.
A veces son las Cartas AHA, una baraja creada para desbloquear ideas, cambiar de perspectiva y abrir preguntas que normalmente no nos haríamos.
Y otras veces es mi Laboratorio de Creatividad, donde nos reunimos regularmente para pensar, jugar, experimentar y mirar las cosas desde lugares menos previsibles.
Todo lo que hago cambia de forma, pero persigue el mismo propósito: ayudar a que la creatividad recupere su equilibrio.
Porque una creatividad en equilibrio no garantiza una vida sin dolor, pérdidas o incertidumbre, pero sí una manera más consciente y habitable de atravesarla.
Soy la mamá de Emma, que ahora atraviesa la adolescencia. Ser madre siempre ha sido el mayor de mis retos: ha puesto a prueba mi capacidad de amar hasta el infinito, adaptarme, hacer giros de guion y resolver asuntos bastante complejos. Pero ahora, más.
Probablemente soy la persona que más necesita los espacios y las herramientas que creo.
Me interesan demasiadas cosas, empiezo muchos proyectos y puedo despertarme de madrugada obsesionada con una idea para dejarla morir tranquilamente una semana después. Sigo intentando distinguir cuáles necesitan que las sostenga y cuáles solo han pasado por mi cabeza para saludar.
Estar en la naturaleza es siempre mi as en la manga. Nada me conecta más con la vida y con la creatividad. Soy una fan absoluta del ruido del agua en las gargantas, de la luz, del viento moviendo las copas de los árboles, del estruendo de los pájaros en primavera y del silencio absoluto de algunas noches.
También me gusta dar segundas, terceras y cuartas oportunidades a muebles, objetos y materiales que otras personas ya no quieren. Con el tiempo, esa forma de mirar se ha extendido a casi todo.
Mi lugar favorito del mundo puede ser una papelería o un mercadillo lleno de cacharros con historias que contar.
Me preocupa el rumbo que está tomando el mundo. A veces me quedo atrapada en el fatalismo, viendo acercarse a los siete jinetes del apocalipsis dispuestos a arrasarlo todo. Pero, en cuanto me doy cuenta, intento apartar la mirada de lo que no puedo controlar y volver a lo que sí puedo aportar: crear pequeños kitkats donde respirar, recuperar perspectiva y volver a conectarse con la vida y con la creatividad.
Si algo de lo que cuento te resuena, escríbeme. Aunque sea para preguntar.